martes, 18 de marzo de 2014

Historias del Trasnmilenio



Miradas que se cruzan y se evaden. Pensamientos que desean ser escuchados y otros que prefieren permanecer mudos y encerrados. Vidas colmadas de desasosiego, felicidad, tristeza y hasta vacías, son aquello que abunda en el transporte público masivo de Bogotá: el Transmilenio. Con cualquier persona se destapa una historia llena de experiencias, experiencias que no necesariamente se revelan a través de lo que dicen, sino de lo que su cara, sus gestos, su ropa y su forma de estar en el mundo tienen por contar.

Absorto, fijando su profunda y desconfiada mirada en nosotros, había un anciano de quijada pronunciada y unas arrugas que hacían de su cara un océano de ondas y anécdotas.  Estuvo de pie todo el trayecto, cambiando de posición y  balanceando sus piernas para que el peso no le hiciera más amargo el camino. Estaba solo -probablemente casi siempre lo está- y lucía exhausto, no necesariamente por algo que le acabara de ocurrir, sino por el difícil pasar de los años. Vestía de la manera a como se acostumbra imaginar y ver a los señores de su edad: pantalón oscuro, zapatos embolados, camisa de cuadros y chaqueta habana. Su mirada punzante se desapareció en algún momento del camino, no recuerdo en cuál exactamente, pero eso sí, dejando varias dudas de su vida y de quién era en realidad.

La música acoge todos los espacios y esta caja roja móvil que se dirigía de Usme (suroriente) hacia el norte de Bogotá, no fue la excepción. Dos hombres morenos, no mayores de 25 años, acallaron el silencio incómodo que retumbaba en los oídos de los viajeros. Con pantalones amplios, camisetas muy grandes, pañoletas envueltas en sus cabezas y “cachuchas”, empezaron a cantar  con voces empíricas, fuertes y talentosas. Esta vez no solo sus caras y su forma de vestir eran las encargadas de decir quiénes eran ya que a través de una letra visceral y vivencial se abrieron sin temor y con confianza ante un público variado y, en parte, escéptico. Con una pequeña grabadora que cargaba uno de ellos en sus hombros se alternaban para criticar y denunciar la pobreza y los vejámenes que sufren ellos y la sociedad colombiana. Decían la verdad, nadie que viera sus rostros lo dudaría. Al acabar la canción pidieron un aplauso mientras pasaban pidiendo  monedas y sonrisas genuinas , sabiendo que no eran los únicos con vidas difíciles pero sí de los pocos que podían expresarla por medio de la música. Se bajaron y el silencio entró nuevamente por las puertas automáticas rojas.

Yendo de norte a sur por la Avenida Caracas, un espejo que se encontraba en la parte delantera del transporte permitía ver un hombre de pelo negro y de tez blanca que a menudo es ignorado pero que cumple un rol sumamente relevante: el de llevar a todos los allí presentes a sus destinos. Mientras el olfato comunal percibía el olor invasor de la “lechona” colombiana y algunas bocas lo comentaban entre sí, este señor encargado del volante, no se inmutó. Posiblemente ya ha hecho tantas veces el recorrido que el olor no le sorprende o está tan concentrado en su trabajo que no hay espacio para nada más en su cabeza. La chaqueta café que usan todos los que manejan un Transmilenio y su cara seria hacían prácticamente imposible descifrar a este hombre. 

A su lado derecho había un letrero prohibiéndole a todos los pasajeros hablarle al conductor y aunque es de las pocas reglas que se cumplen en este medio de transporte, ¿será que él quiere que nadie le dirija la palabra? ¿preferirá estar en silencio en todas las horas de trabajo? Mientras esas preguntas rondaban y el olor a “lechona” se iba disipando, sabía que el señor de adelante dejaría de manejar en algún momento del día para seguramente coger un Transmilenio donde se convertiría en pasajero que ya puede hablar y dejar ver su verdadera ropa.

Estos son algunos de los personajes que se encuentran día a día en el transporte público de Bogotá. Lo importante es detenerse a mirarlos e intentar entender algo de su historia y el por qué están ahí, parados o sentados tan cerca de usted sabiendo que dentro de poco nunca se volverán a ver.

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